Cual sería su sorpresa
cuando del interior de aquella casa salió el hombre que un año
atrás le diera morada en su vivienda. ¿Cómo es posible?
preguntó el joven. Hace un año en nuestro breve paso por aquí,
fuimos testigos de la profunda pobreza en que ustedes se
encontraban. ¿Qué ocurrió durante este año para que todo esto
cambiara? Ignorante del hecho de que el discípulo y su maestro
habían sido los causantes de la muerte de su vaca, el hombre
relató como, coincidencialmente, el mismo día de su partida,
algún maleante, envidioso de su vaca, había degollado
salvajemente al animal. El hombre continuó relatándole a los
dos viajeros cómo su primera reacción ante la muerte de la
vaca había sido de desesperación y angustia. Por mucho tiempo,
la vaca había sido su única fuente de sustento. El poseer esta
vaca le había ganado el respeto de sus menos afortunados
vecinos, quienes envidiaban no contar con tan preciado bien.
Sin embargo, continuó el
hombre, poco después de aquel trágico día, decidimos que a
menos que hiciéramos algo, muy probablemente, nuestra propia
supervivencia estaría en peligro. Así que decidimos limpiar
algo del terreno de la parte de atrás de la casucha,
conseguimos algunas semillas y decidimos sembrar vegetales y
legumbres con los que pudiésemos alimentarnos.
Después de algún tiempo
comenzamos a vender algunos de los vegetales que sobraban y
con este dinero compramos más semilla y comenzamos a vender
nuestros vegetales en el puesto del mercado. Así pudimos tener
dinero suficiente para comprar mejores vestimentas y arreglar
nuestra casa. De esta manera, poco a poco, este año nos ha
traído una vida nueva.
El maestro, quien había
permanecido en silencio, prestando atención al fascinante
relato del hombre, llamó al joven a un lado y en voz baja le
preguntó:
¿Tú crees que si esta
familia aún tuviese su vaca, estaría hoy donde ahora se
encuentra?
Seguramente no, respondió el
joven.
¿Si ves? Su vaca, fuera de
ser su única posesión, era también la cadena que los mantenía
atados a una vida de mediocridad y miseria.
Al no contar más con la
falsa seguridad que les proveía el sentirse poseedores de
algo, así no fuese más que una flacuchenta vaca, debieron
tomar la decisión de buscar algo más.
En otras palabras, la misma
vaca que para sus vecinos era una bendición, les había dado la
sensación de poseer algo de valor y no estar en la miseria
total, cuando en realidad estaban viviendo en medio de la
miseria.
Así es cuando tienes poco.
Lo poco que tienes se convierte en un castigo, ya que no te
permite buscar más. No eres feliz con ello, pero no eres
totalmente miserable. Estás frustrado con la vida que llevas,
mas no lo suficiente como para querer cambiarla. ¿Ves lo
trágico de esta situación?
Cuando tienes un trabajo que
odias, que no suple tus necesidades económicas mínimas y no te
trae absolutamente ninguna satisfacción, es fácil tomar la
decisión de dejarlo y buscar uno mejor. No obstante, cuando
tienes un trabajo del cual no gustas, que suple tus
necesidades básicas pero no te ofrece la oportunidad de
progresar; que te ofrece cierta comodidad pero no la calidad
de vida que verdaderamente deseas para ti y tu familia, es
fácil conformarte con lo poco que tienes.
Muchos de nosotros también
tenemos vacas en nuestra vida. Ideas, excusas y
justificaciones que nos mantienen atados a la mediocridad,
dándonos un falso sentido de estar bien cuando frente a
nosotros se encuentra un mundo de oportunidades por descubrir.
Oportunidades que sólo podremos apreciar una vez hayamos
matado nuestras vacas.